Don Carnal y Doña Cuaresma

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, en “El libro del buen amor”, incluye la batalla entre don Carnal y doña Cuaresma. Toma cuerpo literario, en una obra fundamental para comprender la vida y las costumbres de los reinos de la España del siglo XIV, un tema de siempre, y de fondo: el de los conflictos entre la fiesta y el duelo, entre el amor profano y el amor divino, entre la alegría y el disfrute de los placeres terrenales por un lado y la pena y la mortificación de los sentidos por otro.

Esta oposición tiene una expresión pictórica en un hermoso cuadro, cargado de símbolos, de Brueghel el Viejo, de 1559, que se encuentra en el Museo de Historia del Arte, en Viena. A la izquierda hay una posada, fiesta, bebedores de cerveza, algazara…a la derecha una iglesia, actitudes devotas de clérigos y beatas… Una incisiva caricatura del problema.

Pasan los siglos y el conflicto entre lo mundano y lo divino, entre lo “carnal” y lo “espiritual” sigue abierto. Y cuajado de malentendidos. Y de descalificaciones.

Ahora, en la liturgia cristiana, es tiempo de Cuaresma. ¿Es la Cuaresma tiempo de duelo, pena y mortificación?  ¿Acaso es el negativo de un tiempo previo, el del Carnaval, entendido como exceso de fiesta, amor mundano y placeres terrenales?

Me parece que desde una lectura y una reflexión serenas de los evangelios –el referente de la vida y la enseñanza de Jesús- no se trata de eso en ninguno de los dos casos, ni mucho menos.

Voy a intentar aclarar el tema y mostrar cómo “veo” a esos dos entrañables personajes simbólicos de don Carnal y doña Cuaresma y qué me parece que pueden decirnos hoy a nosotros, los hombres y mujeres que, entre perplejidades, debilidad y cansancio,  aún creemos en las palabras y el ejemplo de vida de Jesús de Nazaret.

Vaya por delante que no pretendo defender o justificar los excesos –evidentes excesos- que convierten a veces las celebraciones de Carnaval en desmesura, bacanal, orgía. La picaresca festiva del Carnaval es sustituida demasiado a menudo por una frenética búsqueda de enajenación, sexo fácil, irresponsabilidad. Pero el Carnaval, en sí mismo, no es más que fiesta, fiesta de la vida, fiesta de la crítica a la realidad del poder –el Carnaval de Cádiz, por ejemplo-, fiesta de belleza y misterio –Venecia. Y se pueden vivir con “sensatez” horas y días alegres. Tiempo de broma, copas, disfraces, chirigotas, desfiles, bailes…

¿Por qué condenar esa fiesta –y muchas otras-; por qué doña Cuaresma entabla batalla contra don Carnal año tras año… y aparentemente vence y enterramos la sardina y marcamos con ceniza nuestra frente?

Es significativo, me parece, que los carnavales fuesen prohibidos en los tiempos de la dictadura franquista, en los tiempos del “nacionalcatolicismo”. Entonces todo era ceniza y penitencia. Ahora, casi toda la Iglesia “oficial” los ignora y los desdeña cuando no los ataca abiertamente desde los púlpitos, mezclando interesadamente los excesos con la naturaleza de la fiesta misma para así condenarla.

Pero la alegría y la fiesta son profundamente cristianas. Según el evangelio de Juan, el primer acto público de Jesús fue asistir a una boda… y proveer de buen vino a los asistentes. En una boda –antes y ahora- lo que se hace es comer y beber, cantar y bailar, reír y festejar, es la fiesta del amor humano.

Sus adversarios llamaban a Jesús “comilón y borracho”, porque participaba en las reuniones y ágapes, porque se sentaba a la mesa con gente de todas clases, incluidos recaudadores de tributos y prostitutas.

La referencia más citada en los evangelios sobre el reino de los cielos es la comparación con un banquete, un banquete real, un banquete de bodas, una gran fiesta.

¿Qué hemos hecho de todo eso, cómo hemos olvidado que la alegría y la fiesta son esencialmente cristianas, que están indisolublemente unidas al seguimiento de Jesús y al esfuerzo por hacer presente el reino de Dios?

En cambio, frente al buen y afable don Carnal, se nos opone la triste y flaca figura de doña Cuaresma. El duelo, la penitencia. El Miércoles de Ceniza señala el aparente triunfo de la tristeza. “Polvo eres y en polvo te convertirás”, susurra el sacerdote que marca cruces de ceniza en las frentes. Es una tradición respetable, una llamada a recordar nuestra finitud, pero no es algo evangélico, sino anclado –con palabras del Génesis- en la sensibilidad sapiencial del Eclesiastés, en una visión desencantada y pesimista del mundo y de la vida.

La Cuaresma, litúrgicamente, se refiere al tiempo en que Jesús camina hacia Jerusalén. Su predicación no ha conseguido cambiar la realidad, sólo algunos corazones. Sus adversarios -desde el poder religioso y político- se multiplican, la gente sólo pide milagros y pan, buscan un rey, alguien que los libre del yugo de Roma, y la tarea de Jesús no es esa, no es la de convertirse en un poderoso de este mundo. Él ama, acoge, perdona, denuncia. Sobre todo, denuncia las mil formas en que los poderosos oprimen la vida y la conciencia de la pobre gente de Israel. La Cuaresma recuerda ese tiempo, ese conflicto, que estallará en la Pasión. Es un tiempo de compromiso, de lucha, de asumir la dura realidad. No es tiempo de recogimiento penitencial. Jesús no hace penitencia, ni ayuna él ni lo hacen sus seguidores. Entonces, ¿qué sentido tiene la Cuaresma? ¿Qué es y cómo es una Cuaresma realmente evangélica?

A mí me parece que el sentido y la justificación de la “mortificación de los sentidos” no se encuentran en esos mismos actos, abstraídos de la vida. A ver si lo explico: el ayuno cristiano tiene sentido si estás ayunando con los que no tienen qué comer, si te privas de alimento por ellos y para que ellos sí lo tengan -¡y son mil millones los hambrientos! Pero no tiene sentido ayunar, hacer ejercicios de “abstinencia” y todo lo demás como simple negación de nuestra realidad humana y sus necesidades, encerrados en la burbuja de una falsa espiritualidad individualista que nos aísla del mundo y sus graves problemas.

La “penitencia”, las penalidades, los esfuerzos, tienen sentido y justificación si son condiciones imprescindibles en la persecución del reino, si son la consecuencia del compromiso personal, social, político, cultural, como sea, y en comunidad, a favor de los pobres de este mundo, de los oprimidos, de los que no cuentan para nada. La Cuaresma adquiere sentido y valor si –imitando el ejemplo de Jesús- mantenemos y acrecentamos el amor a los otros, y defendemos su vida y sus derechos aún en las más adversas circunstancias. Y eso, si se hace de verdad, crea muchas dificultades: noches de mal y poco dormir, conflictos con toda clase de “autoridades”, civiles o eclesiásticas, sobresaltos, mal comer, trabajos de todas clases…

La Cuaresma no significa para quien mire a Jesús, encerrarse en una ascética “egoísta” que solo busca una imposible “espiritualidad”, un rechazo de lo “carnal” porque sí, porque es eso, “carnal”. La verdadera espiritualidad está enraizada en nuestra realidad humana, en nuestra “carne”. Para vivir lo sano y gozoso de nuestro ser terreno…y para renunciar a muchas cosas legítimas, si es preciso, por amor a los que han sido despojados de ellas. La Cuaresma nos muestra la “consistencia profunda” de Jesús, que no se arruga, que no contemporiza con los adversarios de la vida del hombre, que es consecuente y coherente hasta la suprema “penitencia” de morir por amor.

Por eso, esa Cuaresma desencarnada que se nos ofrece desde la mayoría de los púlpitos, como puro ejercicio de masoquismo penitencial, ajeno al dolor y las necesidades de los pobres, desde un complejo de culpa, desde la negación de la vida, desde la sopa de bacalao, no es cristiana; será tradicional, eclesial, lo que queramos, pero no responde al proyecto de Jesús, y no nos acerca a Jesús.

¿Dónde se sitúa un cristiano entre estos polos de la fiesta y del duelo? Si reflexionamos sobre Jesús, la respuesta es clara: en la fiesta, pero no en una fiesta irreflexiva, “mundana” en el sentido que Juan da a esa palabra, sino en una fiesta abierta a la compasión, al compromiso, al amor. Una fiesta de solidaridad. Y cuando ese compromiso exija esfuerzos y renuncias, el cristiano las acepta como pruebas del amor y la caridad, no como ejercicios solitarios de “espiritualidad”. Del mismo modo que la fiesta se vive entre otros, con otros, el duelo, si es inevitable, ha de ser también vivido entre otros, con otros. Es, en ese caso, el duelo de la solidaridad real, efectiva, comprometida.

Ni la fiesta pagana –como muchos excesos que se dan en los carnavales- ni la cuaresma de ayunos y mortificaciones solitarias son cristianas.

Lo cristiano es caminar –con los pobres- en alegría y esperanza, en la risa y en el llanto, haciendo realidad la llamada de Jesús en las bienaventuranzas.

Francisco Ruiz Gisbert

27/02/10

This entry was posted in El fondo de la mochila. Bookmark the permalink. Post a comment or leave a trackback: Trackback URL.

One Comment

  1. Posted March 10, 2010 at 4:38 pm | Permalink

    Me encanta, estoy totalmente de acuerdo.

Post a Comment

Your email is never published nor shared. Required fields are marked *

*
*