Antes de las seis de la mañana ya estoy despierto. Hago café y espero alguna señal de vida. La luz rosada crece sobre el puerto. Humedad en cubierta. Allí arriba la mole del monasterio y la ciudad relucen contra el cielo. A las seis, puntual, aparece David. Completamos un desayuno rápido, zumo, yogur y más café. El capi decide que él y yo nos bastamos para la maniobra y que no es necesario despertar a todo el mundo.
Así lo hacemos. Me ocupo de levar el ancla. David recoge las amarras de popa. Enfilamos la salida del puerto mientras yo retiro y guardo las defensas. Sale el sol. No hay viento, ni mucho ni poco, así que se nos presenta un día de runrún de motor y “aburrimiento marinero”. A medio motor nos dirigimos rumbo sureste hasta rebasar el cabo de Hesmenis, y después rumbo sur, dejando a estribor las bahías de Grikos y de Diakofti, hasta doblar el cabo de Vitsilia. Entonces Patmos se aleja por estribor y podemos establecer en el Ray Marine el mejor rumbo a Naxos, ya en mar abierto.
El sol aún no es feroz, el aire marino es suave y la superficie del agua es poco menos que un espejo de brillos entre azules y anaranjados que rompemos con la proa y multiplicamos en la estela. La mole de la isla de Patmos disuelve poco a poco sus detalles a nuestra vista a medida que nos alejamos.
Es 25 de julio; ya llevamos 10 días de aventura cuando nos disponemos a cruzar el Egeo. Abandonamos el archipiélago del Dodecaneso; todo lo que hemos visto de él ha sido una continua sorpresa. Ninguno de los cinco había estado jamás en esas islas. Yo lamento en mi interior que no haya habido ocasión –no hay días suficientes- de visitar la isla de Samos, la patria de Pitágoras, ni más tiempo para haberlo ofrecerlo a Kos y a la misma Patmos, pero comprendo que todo viaje tiene sus condicionantes y ninguno de nosotros –ni siquiera David- puede ser o hacer de “vagabundo de las islas” ajeno al calendario y la planificación y la economía.
Nos adentramos en el Egeo y pronto –por primera vez- no hay ninguna isla a la vista y el horizonte es puro mar en sus trescientos sesenta grados. Es una sensación especial, la conciencia de aislamiento, de estar en manos de Poseidón y Eolo.
El resto de la tripu se despereza poco a poco. Primero Lluisa, después Ángels, el último es Carlos. Mientras navegamos por un mar plano azul claro se suceden los rituales del despertar, el café, las idas y venidas de la bañera a la cabina, como todos los días. Un tiempo de cremas –Ángels me embadurna las orejitas, el cogote y la espalda-, un cigarrillo, vagas conversaciones que se desvanecen en el aire. David espera poder llegar a Naxos pasado el mediodía, a tiempo de fondear en algún lugar de la isla, cumplir con el rito del baño y la comida, y después bordearla, doblando el cabo Stavros, porque Hora –la ciudad y puerto principales de Naxos- está en la cara oeste de la isla y llegar allí, a puerto, a media tarde.
Carlos, tras deambular un rato, decide volver a dormir, o sestear, y regresa a su camarote. Las niñas platican en los bancos de la bañera. David atiende, relajado, el avance del Drap bajo la toldilla de la rueda. Yo me instalo en mi lugar “favorito” que es el asiento de la balsa de emergencia, delante del palo, y a mi modo también me relajo, contemplando el mar, pero con una camiseta para no quemarme y la gorra calada y las gafas de sol, que el sol deslumbra.
Un gran carguero cruza nuestra ruta, a más o menos media milla por proa. Una mole oscura, que avanza rápidamente, quizás a quince nudos, o más. Lo veo pasar y espero la llegada de la estela. Y en un par de minutos, cuando el mercante ya ha pasado y se aleja por estribor, llega la ola que rompe el sueño del agua. Una ola de casi dos metros, implacable. David avisa: que estemos atentos, que nos aferremos a algo, que bailaremos. Efectivamente, nuestro barco embiste la ola, o la ola nos embiste a nosotros, es igual, y el Drap brinca y se encabrita, la proa se hunde en la cresta de la ola, y un mar de agua y espuma revienta sobre nosotros. Yo, bien aferrado a los obenques, con ambas manos, recibo una ducha salada, que me divierte. El barco cabecea, sube y baja, y es como una atracción de Port Aventura o algo así, aunque dura muy poco.
Se han registrado “daños colaterales”: Carlos dormía en su camarote con la escotilla abierta y el agua ha entrado, lo ha sacudido y ha empapado su colchón y su cobija. Despierto a la fuerza, perplejo y mojado, comparece maldiciendo en arameo. Bueno, son avatares de la navegación; ahora hay sábanas que secar al sol.
Poco después nos divertimos y especulamos con el rumbo marcado, porque nos conduce –al parecer- a un islote rocoso que se alza, solitario, en medio del mar. A medida que nos acercamos cruzamos apuestas sobre la necesidad o no de gobernar para no estrellarnos contra las ásperas rocas. Al final, los cálculos de David han resultado ser correctos y dejamos la masa pétrea a babor. Son dos islotes unidos por una delgada lengua de roca a flor de agua, áridos, de color ocre, perennemente azotados por el mar y los vientos. Impresionantes en su desnudez. Por supuesto que figuran en las cartas de navegación. Refugio de aves marinas.
La mañana avanza sin más incidentes. Llega la hora del vermú y picoteamos almendritas, aceitunas y bocaditos ligeros con vino y cervezas. Por la amura de babor apunta con creciente claridad el perfil de Naxos. Nos dirigimos a Apollonas, en el extremo norte de la isla, un buen lugar, un refugio rodeado de acantilados y un pequeño pueblo; el nombre se debe probablemente a que allí hubo un templo dedicado a Apolo, algo curioso en una isla que es algo así como la patria de Dionisos. Como señala Durrell: “En todas las Cícladas se encuentra uno con el dúo que forman Apolo y Dionisos; no se sabe con propiedad si eran rivales o socios cuando el Olimpo era una empresa en pleno funcionamiento” Sea como sea, fondeamos sin dificultad en el lugar, nos lanzamos al agua, nos libramos del calor intenso, armamos la vietnamita, cocinamos –una sabrosa ensalada de pasta con casi todos los restos comestibles que nos quedan- y sesteamos un poco. Yo aprovecho para leer algo sobre la isla y reciclar mis vagos conocimientos de la mitología griega, la terrible historia del rey Minos –de Creta- de su hija Ariadna y de su monstruoso hermanastro, el Minotauro, muerto por Teseo. Después, Teseo, que huyó con Ariadna de Creta, abandonó a su prometida en esta isla, en el viaje de regreso a Atenas. Es una larga historia, como una ópera –y se han hecho óperas sobre el tema, como la célebre “Ariadna en Naxos”, creo que de Monteverdi- pero a fin de cuentas, la Ariadna abandonada encontró pronto consuelo en el amor del dios Dionisos: tuvieron hijos, fueron felices… “y comieron perdices”.
Naxos es más de Dionisos que de Apolo; es la isla del vino, isla fértil, llena de huertos y viñedos, una sorpresa casi tropical en medio del Egeo. El monte de Zeus, de mil metros de altura, es el punto más elevado de todas las Cícladas. Junto a la cumbre, en la distancia, veo las primeras nubes –suave algodón brumoso- desde que he llegado a Grecia.
A las seis levamos el ancla, bordeamos el cabo Stavros y nos dirigimos a Hora. Al acercarnos al puerto, un islote a babor, rocoso- el islote de Palatia-, muestra los restos de un templo –en este caso de Apolo- dorados por el sol de la tarde. Realmente hermoso. La ciudad alrededor del Castro, la fortaleza medieval, genovesa, brilla y destella al atardecer, como tostada. En el mismo mar también apuntan fugaces reflejos amarillos. La tarde es de oro.
Navegación a Naxos
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