Naxos

El puerto está abarrotado. No sabemos bien qué hacer y damos vueltas lentamente cuando aparece un tipo -¡el primer marinero en muchos días, en muchos puertos!- que nos hace un sitio, casi imposible, junto a un gran yate –americano, por supuesto- en la esquina de uno de los pocos muelles de este puerto, a medias deportivo, a medias pesquero. La cuestión es si amarramos de proa o de popa. Al final, para satisfacción de David, amarramos de proa. Estamos apretados entre el yate yanqui y otro yate, un catamarán, de bandera italiana, lleno de gente. El marinero, griego, nos habla en un confuso italiano. De él sabemos que hay una oficina, un registro de entradas, una tarifa… lo que no ha habido en otros puertos. Llega el momento de los papeles, el rol, la rutina habitual que, sin embargo, aquí en Grecia casi habíamos olvidado. El marinero, jovial y charlatán, se comporta como si el puerto fuera suyo, va y viene, nos informa de de bares y restaurantes, es como una guía ambulante de Naxos. También nos informa de los servicios del puerto deportivo –que no es tal-  y los aseos. Y afirma que es el primer barco de bandera española que recibe este año. Somos raros. Estamos muy lejos de casa.

El panorama de la ciudad cuando se pone el sol es muy hermoso. Una primera línea, tras el muelle atestado de embarcaciones, de casas y edificios de una o dos plantas, blancos, manchas de luz, ahora dorada. Es la avenida del muelle principal: tiendas, bares, restaurantes, persianas azules, arcadas, terrazas. Detrás, las calles empinadas y el núcleo oscuro de la fortaleza, el Kastro, la piedra, las cúpulas azules, manchas verdes, el rojo de las buganvilias, palmeras, vegetales. Y el cielo de un azul purísimo.

Hago algunas fotografías. Vano intento de apresar en el cacharrito el momento de la luz, del color del aire, de la brisa tibia, del perfil de esta ciudad, ciudad de Dionisos, que se me aparece como mágica esta tarde de julio.

Tras poner un poco de orden en cubierta, las chicas y yo nos encaminamos hacia el lugar en que el marinero nos ha dicho que se encuentran los servicios y aseos del supuesto puerto deportivo. Hemos de cruzar la avenida del puerto, entre las terrazas de los bares y restaurantes. La avenida a esta hora está llena de gente que deambula despacio, muchos son inequívocamente turistas y viajeros, como nosotros, quienes toman helados y zumos, quienes están sentados a las mesas, quienes remolonean a la puerta de las tiendas… Tras adentrarnos en un callejón desembocamos en una calle estrecha, peatonal, paralela a la avenida, allí, entre tabernas y bisuterías, un portal abierto y un rótulo en griego e inglés informa de que hemos llegado. Ninguno de los tres damos crédito a lo que vemos. Se trata de un patio destartalado y sucio, más que sucio, mugriento. Faltan baldosas en el pavimento y la roña sube por unas paredes deformadas y atravesadas por tuberías de trayectorias extrañas. Hay un par de retretes sin tapa de taza, apestosos en los que, por supuesto, no hay papel, y dos lavabos adosados a la pared igualmente sucios. No hay bancos, ni papeleras, ni espejos, nada a lo que más o menos estamos acostumbrados a encontrar en instalaciones de esa clase, al menos en España. Hay charcos de agua grisácea en el suelo. Por suerte no estamos impelidos por necesidades “mayores”, nuestra intención es la de ducharnos. Al fondo, hay tres cubículos que suponemos –ya alarmados- deben ser las duchas. Tan sólo una de las tres funciona y es un espacio de baldosas que un día fueron azules, hay un tubo sin alcachofa, no hay percha ni ayuda alguna, tan solo una pequeña silla de anea, de palos azules, en un rincón. Al menos, el agua es casi caliente aunque es complicado controlar el chorro, imprevisible, errático. Nos duchamos por turno, renegamos, nos escandalizamos de tanto deterioro, nos damos prisa, queremos largarnos de allí lo más pronto posible. Ángels y LLuisa se ayudan una a otra, vigilan la maltrecha puerta del cubículo, que no cierra, sostienen en las manos toallas y bolsas de aseo. Yo también me apaño como puedo, el escándalo del lugar y su estado nos hace maldecir y reír por turnos. Ni en las aldeas marroquíes que he recorrido hace ya muchos años me había encontrado tanta suciedad, tal abandono, pero no estamos en una aldea perdida sino en el centro de la ciudad de Hora, capital de Naxos, una de las islas más turísticas. Así que también esto es Grecia. La conclusión, firme, que compartimos al escapar de allí es que en los días sucesivos nos ducharemos en el barco sin dudarlo. Lo más surrealista es que esas cochambrosas instalaciones forman parte de los servicios de información turística y la oficina portuaria… ¡no te jode!

Al volver a bordo explicamos la lamentable experiencia. David y Carlos deciden –claro- resolver sus tareas de higiene en el barco.

Cuando, ya casi de noche, estamos todos a punto, iniciamos un paseo de “descubrimiento” por la avenida –Avenida Paralla- y acabamos en una plaza cercana –tras subir una calleja empinada- donde recalamos para cenar. El vino y las aceitunas son realmente buenos.

Después de cenar, vamos de un lado a otro, en busca de un supermercado donde comprar hielo y tónicas para cumplir el rito de la copa a bordo. También necesitamos café. Son más de las once de la noche y todas las tiendas están abiertas. En Papavasilou conseguimos lo que buscamos, a precios del Paseo de la Bonanova. Como “hermano ecónomo” y porteador de la bolsa común, estoy cerca del espanto. Pero lo peor es que cuando regresamos a bordo, la botella de Bombay que David aseguraba que tenía guardada como reserva, no existe. Así que tan solo tenemos lo poco que queda de otra. Las copas son evidentemente “mini”. La velada también se vuelve mínima; no sé por qué esta noche no estamos lo bastante animados y la conversación es banal y pronto languidece. Nos vamos a dormir.

 

 

 

 

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